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Qué se pone un ecologista en un pase de moda: tres estrategias para evitar que la ropa acabe en la basura

Qué se pone un ecologista en un pase de moda: tres estrategias para evitar que la ropa acabe en la basura

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Belén Kayser | Madrid

Esta es una versión reducida del reportaje publicado en el Nº9 de la revista BallenaBlanca. Para leerlo completo, compra tu ejemplar aquí.

Hemos juntado a tres representantes de organizaciones ambientales y sendas propuestas de moda sostenible y les hemos vestido. La ‘modelo’ de Ecologistas en Acción lleva puestos unos taconazos y un jersey reutilizado de Koopera. La de SEO/BirdLife, unas zapatillas naranjas de Ecoalf fabricadas con materiales reciclados Y el de WWF luce una cazadora y unos vaqueros diseñados para durar más de Patagonia.

La ropa es uno de los materiales que más espacio ocupa y el que peor reciclaje presenta. Cada año se ponen a la venta en el mundo “entre 80.000 y 150.000 millones de prendas”, cuenta Gema Gómez, directora de Slow Fashion Next, expertos en moda sostenible. “Hay que pensar en la ropa como algo que va a acabar en algún sitio”. Para ella, la vida de las prendas debería empezar por la reutilización y cuando se decida reciclar, hacerlo de la forma más limpia posible.

Así como el vidrio o el metal tienen detrás toda una infraestructura que permite que su reciclado sea relativamente sencillo, con la ropa el trabajo es más complejo. En el caso de que acabe en una planta de tratamiento, como apunta Joan Riera de Vall, profesor del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales (ICTA-UAB) de Barcelona y experto en ecología industrial, la vida de una prenda “llega a su fin con su triturado, previamente separada por tejidos” y discriminada por el tamaño de la fibra. Si bien no parece difícil hoy en día usar el plástico PET de una botella para fabricar una nueva o aprovechar las fibras de una caja de cartón para producir otra parecida, esto se enreda bastante más cuando se trata de prendas tejidas con una mezcla de hilos de materiales diferentes. Y también porque si la fibra queda muy pequeña al triturarla durante el reciclaje, se necesita juntarla con fibra nueva, lo que complica el proceso. La diferencia con la forma de tejer en el pasado es que la madeja era la misma (igual que ocurre con el jersey de segunda mano de la foto). “Crear tejidos no puros, sino derivados, convierte la prenda en un residuo nuevamente”, apunta la responsable de Slow Fashion Next.

“Lo ideal sería que en el caso de reciclar el algodón”, expone Gómez, “que puede quedar reducido a fibras muy pequeñas y requiere de mezcla, el 60% sea fibra vieja y el 40% sea nueva” pero siempre algodón. Tanto este material como el poliéster son más fáciles para este propósito, pero la industria aún está lejos de reciclar ropa de forma ágil y sostenible. “Harían falta 12 años para reciclar 1.000 toneladas de ropa con la tecnología actual”, incide Gómez. El sector de la moda, sin embargo, es más optimista. Dice invertir en tecnología que perfecciona la separación de tejidos para su posterior reciclaje. Empresas como Inditex o H&M, que producen millones de prendas cada año y cambian sus colecciones varias veces al mes, dedican gran parte de su presupuesto de RSC a este capítulo.

El pasado septiembre, la matriz de Zara anunciaba que había empezado negociaciones con el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) para encontrar soluciones al reciclaje de ropa y los de Arteixo estiman que, a medio plazo, reciclarán “500 toneladas de tejido al año, capaces de producir 48 millones de prendas”, explica una portavoz de la compañía. Esa cifra no representa ni un 5% de la producción, que solo en 2015 fue de 1.000 millones de prendas. Otra de las grandes, H&M, que ha sido la primera en recoger ropa en tienda, trabaja con la planta de reciclaje de Soex en Wolfen, que dice reciclar el 15% de lo que le llega.

Mientras damos tiempo a que la tecnología haga su trabajo, hay un movimiento que pega fuerte para concienciar sobre el consumo. Es el movimiento ‘slow fashion’, que se centra en fabricar ropa con mayores estándares de calidad y de forma más sostenible, como se hacía antes. Pero contra la escasa calidad de las prendas, que se agujerean o pierden color cada vez más pronto, y el abaratamiento de los tejidos sintéticos es difícil combatir. De hecho, este es uno de los problemas a los que se enfrenta el reciclaje de ropa. “A veces hay que plantearse si, dada la baja calidad del tejido, merece la pena reciclarlo”, expone el profesor Joan Riera de Vall. De opinión parecida es el economista ambiental Federico Demaria, experto en decrecimiento e investigador de la Universidad de Barcelona: “Los materiales no se pueden reciclar hasta el infinito y durante el proceso de reciclaje se consumen recursos que no son reciclables, como la energía”. Demaria también pone el foco en la obsolescencia programada de la ropa.

Patagonia: una vida más larga

Contra esta obsolescencia asegura luchar la marca de ropa Patagonia. Hace un par de años protagonizó una sonada campaña (‘Don’t buy this jacket’, mostrando sus propias prendas) en la que llamaba a la gente a no comprar lo que no necesitase. “Nuestra política es que todas las prendas deben cumplir con los estándares de durabilidad, multifuncionalidad y, además, que lleven una cantidad variable de material reciclado”, expone Florence Lesouef, responsable de comunicación de la compañía. “Para la confección según estos principios, con frecuencia nos encontramos con materiales que no existen, así que los fabricamos nosotros”. Además de crear sus propios tejidos más fáciles de reciclar, enseñan a la gente a arreglar su ropa y tienen contenedores en sus tiendas.

Ecoalf: materiales de la basura

También la española Ecoalf, que se dedica a fabricar prendas y calzado hechos con materiales reciclados, ha creado sus propios materiales. La empresa fue una de las primeras en poner en marcha una cadena de producción y diseño hecha solo con tejidos reciclados, siguiendo la estela de marcas como la ya clásica Freitag en Alemania. En estos momentos Ecoalf trabaja para limpiar los océanos y usar ese plástico que saca del mar para la confección de sus prendas.

Organizaciones ecologistas como Greenpeace, que llevan años elaborando una clasificación en la que puntúan a las empresas que hacen ‘fast fashion’ y sus procesos de trabajo midiendo su sostenibilidad, defienden el cambio de hábitos de consumo. Su propuesta para alargar el ciclo vital de la ropa pasa por incentivar la economía colaborativa. “Wallapop y los mercadillos vintage han ayudado a dar salida a esta ropa que ya no usamos”, explica un portavoz de la ONG.

Koopera: moda reutilizada

Ropa vintage venden las tiendas de Koopera, una organización sin ánimo de lucro con plantas en el País Vasco y Valencia que se dedican a recoger ropa de Cáritas y el excedente de tiendas y mercadillos. Sus establecimientos ofrecen ropa de segunda mano y complementos y objetos de decoración hechos con material desechado como ruedas, lámparas o monopatines. Además, diseñan ropa con los sobrantes, como bolsos hechos con pantalón de traje o corbatas. Entre la planta vasca de Mungía y la valenciana, Koopera procesa 15.000 toneladas de ropa al año. El 30% de lo que le llega —4.500 toneladas anuales— se recicla ya sea para hacer nuevos materiales de confección o como aislante para paredes o alfombrillas o relleno de asiento para los coches. Otro 60% se vende al peso o a otras tiendas en España y el extranjero (se envía a Latinoamérica o África) y un 7% se desecha.

Ante la solución de los contenedores de ropa en tiendas y calles, el economista Demaria propone otra vía: “Nos estamos enfocando en el reciclaje como salvación y yo no lo veo. La solución es que la ropa sea más duradera y repararla”. Y añade: “Cuestionemos la oferta y la demanda y lo que cuesta el reciclaje, porque pone a funcionar una industria que tiene muchos costes, empezando por el de separar materiales para poder empezar el proceso”.



Padres mineros, hijos que pasan de la mina

Padres mineros, hijos que pasan de la mina

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Este reportaje ha sido publicado en el Nº8 de la revista BallenaBlanca. Consigue tu ejemplar aquí.


Sara Acosta  | Morcín (Asturias) | Villablino (León) | Fotografía: Txetxu Berruezo

El abuelo de Omar era barrenista, uno de los trabajos más duros en la mina. Trazaba las galerías que después un artillero abría explotando dinamita. Hoy tiene 85 años y grado tres de silicosis, una enfermedad crónica y extendida entre los mineros por respirar polvo de sílice. Raúl, el padre de Omar, dejó Magisterio por el tajo a solo una asignatura de terminar la carrera —”Cuando volví de la mili era lo más fácil, un trabajo asegurado”—. El azar le puso de tubero, lo suyo era poner tubos de aire comprimido y garantizar ventilación allá abajo para evitar, precisamente, respirar aquel polvo que lo tapaba todo.

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El activista ambiental que vive encerrado en casa porque no puede pagar un guardaespaldas

El activista ambiental que vive encerrado en casa porque no puede pagar un guardaespaldas

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Esta es una versión reducida del reportaje publicado en el Nº7 de la revista BallenaBlanca. Para leerlo completo, compra tu ejemplar aquí.


Sara Acosta (@saraacostalanga) | Madrid | Ilustración: Estudio Ray Díaz

A los nuevos ricos en China les gusta mucho la madera de palisandro. Una mesa fabricada a partir de este árbol que crece en climas tropicales da estatus y hace quedar bien con los invitados. Incluso da para dedicar 15 ó 20 minutos largos antes de la cena a hablar de su exquisito color rojo y vetas negras que dan al mueble ese refinado aspecto. Lo que seguramente no saben los comensales es de dónde ha llegado, ni sobre todo, cómo. Leng Ouch sí lo sabe. Este camboyano que nació hijo de agricultores pobres cuando los Jemeres Rojos inauguraban su dictadura a mediados de los 70, ya no soportaba ver cómo se arrasaba la selva en la que creció para que especies como el palisandro terminaran de mueble en alguna casa china; o europea, hasta donde viajan importadas desde Vietnam, que a su vez las compra a Camboya. Pero el mobiliario solo era una parte de la gigantesca maquinaria ilegal levantada por el Gobierno de ese país en la década de los 2000 para repartir millones de hectáreas entre unas 300 empresas que querían suelo libre para desarrollar sus negocios: plantaciones de azúcar o de caucho, minas, centrales hidroeléctricas y, colmo de la ironía, proyectos de ‘ecoturismo’. Hoy no hace falta husmear mucho para ver tierra devastada. Camboya figura oficialmente entre los cinco países con mayor tasa de deforestación del mundo, en un país donde el 80% de la población vive en zonas rurales y depende de pequeñas explotaciones agrícolas para subsistir.

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Jane Jacobs o el elogio de la acera

Jane Jacobs o el elogio de la acera

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Esta es una versión reducida del reportaje publicado en el Nº4 de la revista BallenaBlanca. Para leerlo completo, compra tu ejemplar aquí.


Esta activista y urbanista autodidacta se enfrentó en el Nueva York de los 60 al arquitecto más influyente. Barrios tan emblemáticos como el Soho, Chinatown o Greenwich Village son hoy el legado de su victoria.

María Sánchez | Nueva York | Fotografía: Jessica Bal

La ciudad es como un sanatorio mental dirigido por los reclusos más graves. Habrá anarquía”. Jane Jacobs, periodista, urbanista, activista y, ante todo, vecina del neoyorquino Greenwich Village vertió esta premonición sobre un grupo de funcionarios y burócratas de la ciudad de Nueva York el 10 de abril de 1968. El ambiente de la audiencia, convocada para escuchar las opiniones de los vecinos sobre el proyecto mastodóntico de la Lower Manhattan Expressway (autopista del bajo Manhattan), era tenso. Apodada ‘LoMex’, esta carretera cruzaría la isla de forma transversal y facilitaría la entonces congestionada comunicación viaria entre el río Hudson y Nueva Jersey (al oeste) con el East River y Brooklyn (al este), permitiendo que miles de personas llegaran más rápido a sus trabajos en el centro de la ciudad desde los suburbios y las afueras. Pero también amenazaba con sepultar y destruir lo que hoy son algunos de los barrios más pintorescos y emblemáticos de la mitad sur de Manhattan como el Lower East Side, SoHo, Chinatown, Little Italy, NoLiTa o Greenwich Village.

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Desahuciados solares

Desahuciados solares

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Esta es una versión reducida del reportaje publicado en el Nº5 de la revista BallenaBlanca. Para leerlo completo, compra tu ejemplar aquí.


“Miro las placas sobre las naves y me producen tristeza, angustia; ¡pero si ni ellas ni las naves son mías, son del banco!”. Isabel Bueso es una de las decenas de miles de personas que invirtieron en plantas fotovoltaicas antes de que 
el Gobierno bajara las primas de forma retroactiva. Se sienten estafados.

Javier Rico (@JavierRicoNi) | Madrid | Ilustración: Marta Antelo

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Qué hay dentro de los contenedores que naufragan

Qué hay dentro de los contenedores que naufragan

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Esta es una versión reducida del reportaje publicado en el Nº4 de la revista BallenaBlanca. Para leerlo completo, compra tu ejemplar aquí.


Cada año caen al mar 1.679 de estas cajas metálicas que han globalizado el comercio. Son los particulares residuos de la poderosa industria marítima. Pero una vez desperdigados por playas y océanos, no solo sueltan patitos de goma, también algo mucho más peligroso.

Sara Acosta (@saraacostalanga) | Ilustración: Ray Díaz

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Por qué es importante el límite de 2 ºC contra el cambio climático

Por qué es importante el límite de 2 ºC contra el cambio climático

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Esta es una versión reducida del reportaje publicado en el Nº3 de la revista BallenaBlanca. Para leerlo completo, compra tu ejemplar aquí.


Este es el límite de seguridad marcado en cambio climático: no aumentar más de dos grados la temperatura media global del planeta. Ahora bien, ¿de dónde sale este tope?

Laura Rodríguez | Londres

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Fracking: Pozos, paletos y propiedades

Fracking: Pozos, paletos y propiedades

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Esta es una versión reducida del reportaje publicado en el Nº3 de la revista BallenaBlanca. Para leerlo completo, compra tu ejemplar aquí.


A base de perforar el suelo, decenas de empresas en Estados Unidos se han hecho ricas con el ‘fracking’. Hasta que el desplome del precio del petróleo ha sacado a la superficie el talón de Aquiles de estas compañías: los bonos basura que las financiaron y que ahora están generando una sangría de pérdidas.

José Luis de Haro | Nueva York | Fotografía: Dennis Dimick

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Giannis Tsironis: “Queremos renovables en Grecia para pagar menos por la luz”

Giannis Tsironis: “Queremos renovables en Grecia para pagar menos por la luz”

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Giannis Tsironis, secretario de Estado de Medio Ambiente de Grecia

Es una de las voces de siempre en Grecia de Los Verdes, el partido que ayudó a fundar en los años ochenta y que ha hecho historia al llegar al Gobierno por primera vez en coalición con Syriza. A Giannis Tsironis (Atenas, 1958) se le ve aún algo azorado en su recién estrenado despacho como secretario de Estado de Medio Ambiente, en lo alto de un viejo edificio con bonitas vistas sobre los tejados de la desordenada Atenas. La victoria de la izquierda radical de Tsipras ha dado entrada en el Gobierno a ecologistas como Tsironis, con un discurso muy pegado a la economía. Convencido de que sin medio ambiente no hay modelo posible para el arruinado país del sur europeo, sorprende escuchar a este antiguo profesor de Química lanzar expresiones como joint venture cuando imagina acuerdos de inversión con miles de propietarios de casas abandonadas en el campo y dar un respiro al modelo turístico de la costa. Según dice, lo que necesita Grecia es tiempo para terminar con la corrupción enquistada.

Sara Acosta | Atenas | Fotografía: Alexia Tsagkari

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El pueblo con 255 sentencias de derribo

El pueblo con 255 sentencias de derribo

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La minúscula localidad de Argoños es un caso inaudito en el país. El urbanismo salvaje ha dejado en este municipio de 1.711 habitantes el mayor índice de sentencias de derribo por población de toda Cantabria

Sara Acosta | Argoños

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