Jean-Charles Hourcade: “Invertir en carbono es la oportunidad de reconducir la economía especulativa”

Sara Acosta | (@saraacostalanga) | París

Entrevista a Jean-Charles Hourcade, director del Centro Internacional de Investigación sobre Medio Ambiente y Desarrollo (CIRED) de París

Para el economista Jean-Charles Hourcade (Tarbes, 1949), las cumbres del clima se han convertido en un show. “En Kioto éramos 20 personas en la delegación francesa, ahora son más de 100”. Pero no es esto lo único que retrasa el proceso para que 196 países se pongan de acuerdo en transformar el actual modelo económico, basado en la quema de petróleo, gas y carbón. Falta una pieza clave: cómo financiar esa transición energética. Como director del Centro Internacional de Investigación sobre Medio Ambiente y Desarrollo (CIRED) de París, este reconocido analista de la economía del cambio climático ha lanzado, junto a otros 200 intelectuales y economistas de todo el mundo, una propuesta que rompe el corsé del escaso dinero público y de los insuficientes compromisos nacionales para reducir emisiones: desplazar el ahorro privado mundial dedicado al ladrillo, suelo y acciones, hacia inversiones en carbono. “En el mundo existe dinero suficiente. Aunque solo pudiéramos desviar un 10%, ya estaríamos haciendo mucho, pues gran parte de ese capital está en la especulación”.

Escriben ustedes en Le Monde que llevamos años de luchas retóricas paralizantes entre el miedo a una catástrofe climática y la obligación de reducir las emisiones. ¿Qué es lo que no funciona en la lucha contra el cambio climático?
–En Copenhague veníamos de ocho años de interrupción por la presidencia de Bush en EEUU. Todo el mundo se dijo ‘ya está, Bush se ha ido, Obama está bien, así que podremos hacer algo’. Pero se cometen dos errores. El primero es no tener en cuenta por qué se había fracasado después de Kioto. El segundo es que quedamos atrapados en el ambiente mediático. En Copenhague deberíamos haber sabido que nada es posible porque Obama tiene las manos atadas. Lo que quiere es hacer avanzar la reforma sanitaria, no se va a poner además a pelear por el clima. Y pese a todo eso hacemos como si fuera suficiente porque Obama está bien, así que se organiza la presión mediática, con grandes figuras, para recordar al mundo que debe transformarse. Y lo hacemos sobre una solución que sabíamos que no era la buena, es decir, un compromiso sobre las cantidades, y que estas sean equitativas. Sabemos que los objetivos repartidos por países no funcionan.

–Han pasado 17 años desde el Protocolo de Kioto y seis desde Copenhague ¿No es algo tarde para darse cuenta?
–En Kioto, un delegado indio dibujó un círculo sobre un trozo de papel y me dijo: “Vosotros, los países desarrollados, os habéis comido dos tercios de la tarta de las emisiones, y ahora nos decís que vais a ser muy justos para repartir el último tercio. No os creemos”. Y tiene razón. Pero en Copenhague entramos con el mismo problema, que los europeos han defendido durante mucho tiempo, muy pendientes de los objetivos. Sabíamos que los americanos nunca aceptarían un acuerdo que implicara enormes transferencias financieras, el Parlamento americano no lo aceptará, es un problema geopolítico. A su vez, los países en desarrollo solo cambiarán si la lucha contra el cambio climático contribuye a su desarrollo. Así que tenemos un problema para el que no hay solución. Lo que debemos hacer es proponer otra alternativa. Copenhague fracasó por un error intelectual.

Dicen que el aspecto financiero es clave en la lucha contra el cambio climático. ¿Cómo abordarlo?
–Lo que se está intentando no puede hacerse si no se vincula el corto plazo con el largo plazo y se implica a todos los actores del sistema financiero. Sin la finanza, simplemente no es posible, la lucha contra el cambio climático tiene un coste. Y en los países industrializados no se puede decir a la gente: ‘Ustedes van a tener más paro mañana porque hay que salvar el clima’; eso no es posible. Tampoco se puede decir a los chinos que van a salir más lentamente de la pobreza.

«No se puede decir a la gente: ‘Ustedes van a tener más paro mañana porque hay que salvar el clima’. Tampoco se puede decir a los chinos que van a salir más lentamente de la pobreza»

¿Cuál es su propuesta?
–Olvidemos el medio ambiente por un momento. Ya hay voces que señalan, y no precisamente la gente de izquierdas, sino economistas como Larry Summers, antiguo patrón del Banco Mundial, que vamos hacia un mundo en el que hay demasiado ahorro y poca inversión, el dinero no va a la inversión productiva. ¿A dónde va entonces? A los bienes inmobiliarios o al suelo. Esto sucede en todos los países del mundo. España es un ejemplo típico. Y ahora también les toca a los chinos. Eso, o colocan el dinero en títulos especulativos, a muy corto plazo. El problema es que esto ralentiza que el ahorro llegue a la inversión, hay demasiada incertidumbre, pues los accionistas piden rentabilidad a muy corto plazo y su peso es mucho mayor hoy que hace 30 años. Si no se les satisface muy pronto, se van. Y en ese riesgo, hay mucho ahorro pero no sabemos dónde colocar el dinero.

De hecho, la crisis del sistema bancario viene de ahí. Hemos creído jugar con el dinero, multiplicando el comercio de promesas. Decíamos: ‘El sector inmobiliario va a subir, tal acción también: déme su dinero’. Hasta que un día, eso se dio la vuelta y los bancos se quedaron en sus balances con productos tóxicos. Eso sigue existiendo, no sabemos dónde meter el dinero para que sea productivo. Y aquí tenemos un problema, porque en una mecánica así, las empresas dudan si invertir a largo plazo.

–¿Y qué tiene esto que ver con el cambio climático?
–Si se logra reducir el riesgo de la inversión y colocar el dinero en proyectos bajos en carbono, se pone fin a esa incertidumbre. Estamos hablando de energía, transporte, edificios, industrias de materias primas que tienen un gran poder de arrastre. Si se logra derivar el ahorro hacia otro tipo de inversiones, se reduce el riesgo. Imagine por ejemplo alguien que tiene un salario elevado, y en vez de comprar un apartamento en París, adquiere bonos, obligaciones de carbono. Los compra porque los bancos los emiten, pues tienen muchos proyectos de bajo carbono, cuyo nivel de riesgo es más bajo.

¿Eso frenaría la especulación?
–Hemos creado una economía especulativa, redirigir la inversión de este modo es una oportunidad para reconducirla. Si no lo hacemos, estamos buenos. Lo que proponemos no es revolucionario, lo es respecto a lo que tenemos hoy, pero no es más que la economía real, lo que había en los años ochenta. El problema es que la hemos desacoplado completamente.

«Lo que proponemos no es revolucionario, no es más que volver a la economía real. El problema es que la hemos desacoplado completamente»

–¿Qué clase de inversiones financiaría este nuevo modelo?
–Renovables, eficiencia energética. La idea es decir a los bancos: si alguien va a verles con un proyecto de bajo carbono, la gente dejará de meter su dinero en lo de siempre y lo colocará en otro sitio.

¿Y quién garantiza que no se especularía?
–Los Estados, solo pueden hacerlo ellos, garantizando una parte del riesgo del proyecto, que marcaría su valor en la tonelada de carbono evitada. Ese precio sería el valor económico y social que se atribuye al hecho de no emitir carbono. Por ejemplo, 50 euros. Esto no significa que el Estado pague, solo lo hace si el proyecto no sale adelante, de forma que con un riesgo presupuestario mínimo se puede atraer el interés de la banca privada. Y son proyectos que pueden controlarse mucho más que otras inversiones clásicas. Se puede saber cuánta energía se ha comprado.

¿Por qué los bancos financiarían esos proyectos? ¿Qué ganan?
–Para que surta efecto hay que implicar a los intermediarios financieros, aquellos que mueven mucho dinero. El banco financia un proyecto y recupera una parte en efectivo y otra parte en certificados de carbono. Lo hace porque sabe que el Banco Central convertirá esos bonos en efectivo, y este a su vez podrá meterlos en su balance en forma de activo carbono. De igual modo que inscribe oro o divisas, esto sería la moneda carbono. Y puede hacerlo porque el Estado lo ha garantizado. El plan Juncker (Se refiere a Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea) metió mucho dinero para salvar a los bancos. Quizá habría sido mejor inventar un sistema que interesara a las entidades financieras y que hiciera que el dinero volviera a las pequeñas y medianas empresas, para invertir en edificios, en innovación o en rehabilitación. Es una redirección global del sistema.

¿Tanto peso tiene el ahorro para cambiar el sistema?
–Hay una cantidad enorme de dinero flotante, ese ahorro es el equivalente de todo lo que se necesita para financiar el aprovisionamiento de energía mundial. Aunque solo pudiéramos desviar un 10%, ya estaríamos haciendo mucho, pues parte de ese dinero está en la especulación. En lugar de producir carbón, hago eólica, en vez de construir inmuebles de mala calidad, que sean buenos.

¿No cree entonces que el camino tomado para alcanzar un acuerdo contra el cambio climático sea el bueno?
–La negociación está polarizada intelectualmente por el recuerdo de las obligaciones, de los compromisos nacionales obligatorios, de acuerdos vinculantes, y la forma en la que el proceso está organizado hace que no hayamos llegado a tiempo. Pero el G77 ha puesto sobre la mesa gracias a Brasil y a Sudáfrica una acción inmediata, una frase sobre el valor económico de la mitigación. Esa frase es importante, porque a partir de ella podremos activar este mecanismo, es una puerta abierta muy importante. Si lo hubiéramos visto antes, podríamos haber avanzado. Pero seguimos bloqueados por las palabras.

¿Qué palabras sobran en las negociaciones?
–Por ejemplo, ‘vinculante’. Ya está muy bien que los chinos digan ‘sí, podemos reducir un pico las emisiones en 2030’, pero no vas a declarar la guerra a China si no lo hace. Es sencillo, los americanos no aceptarán nunca un tratado que les obligue.

¿Por qué entonces se sigue hablando de la posibilidad de un compromiso vinculante?
–Hay una frase de Camus muy bella: al nombrar mal las cosas, añadimos desgracia al mundo. La palabra ‘compromiso’ es mejor que nada. Pero ‘legalmente vinculante’ es todavía mejor, cualquiera la interpreta como algo serio, algo que se va a hacer. Hay que olvidarse de un acuerdo vinculante, es grave que sigamos hablando de ello, hacemos perder el tiempo a la gente. La pregunta es cómo cambiamos hoy el sistema para el futuro.

Aunque no esté incluido en las negociaciones, se discute poner un precio global al carbono. ¿Cree que es la solución?
–Es una catástrofe, y es muy sencillo entender por qué no funcionaría: 50 euros la tonelada de carbono es el doble del precio del cemento en India, este país nunca querrá. Pero si, al contrario, decimos que los 50 euros de la tonelada de carbono son para reorientar las inversiones, sí podría aceptar. Es hablar de precio en positivo, un cambio de paradigma.

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