Padres mineros, hijos que pasan de la mina

Sara Acosta  | Morcín (Asturias) | Villablino (León) | Fotografía: Txetxu Berruezo


Este reportaje ha sido publicado en el Nº8 de la revista Ballena Blanca. Consigue tu ejemplar aquí.


El abuelo de Omar era barrenista, uno de los trabajos más duros en la mina. Trazaba las galerías que después un artillero abría explotando dinamita. Hoy tiene 85 años y grado tres de silicosis, una enfermedad crónica y extendida entre los mineros por respirar polvo de sílice. Raúl, el padre de Omar, dejó Magisterio por el tajo a solo una asignatura de terminar la carrera —”Cuando volví de la mili era lo más fácil, un trabajo asegurado”—. El azar le puso de tubero, lo suyo era poner tubos de aire comprimido y garantizar ventilación allá abajo para evitar, precisamente, respirar aquel polvo que lo tapaba todo.

Hoy, Omar se dedica también a acondicionar espacios, pero bien distintos. Cada día sale sobre las 9.00 de la mañana de casa de sus padres en La Foz de Morcín, histórico pueblo minero encajado entre las montañas de Asturias, hacia Oviedo, donde trabaja en una empresa como interiorista. Cuenta que le echa muchas más horas que las siete que marca por ley la mina, y seguramente no tendrá tantas ventajas como su padre, prejubilado a los 43 años. “Pero lo prefiero, siempre fui un poco al contrario que los demás, si no, vamos como los burros, todos de frente y mirando hacia el mismo sitio”.

Lo más cerca que este chaval de 27 años ha estado del carbón fue en la cocina de su abuela, de niño, y después menos niño, para encender el fogón. Desde entonces, nada. Nunca ha bajado a una mina. “No me veía en ese mundo, qué agobio, no ver nada, sería incapaz. Yo tenía claro que quería estudiar”. Es un miércoles de octubre por la tarde a los pies del pozo Montsacro, situado a un kilómetro de su casa. Está cerrado desde diciembre de 2014, cuando la compañía que lo operaba, la pública Hunosa, lo clausuró. Raúl escucha a su hijo destilar lo lejos que le queda todo esto, nunca hablaban de ello. Las pocas historias que Omar conoce sobre la mina se las contaba su abuelo, no su padre. “Era trabajo, y yo cuando salía me olvidaba del trabajo”. Así que no es hasta hoy cuando el joven descubre que, aunque hubiera querido, no habría podido trabajar bajo tierra.

—Con gafas no hubieras podido entrar —dice el padre.
—Ah, pues de eso me entero ahora —contesta el hijo.

Eso de elegir lo que uno hace en la vida es algo nuevo en esta comarca. Todos los hombres, de abuelos a padres, tíos, hermanos, primos, han pasado buena parte de su vida a oscuras sacando carbón de la tierra. A lo subterráneo se bajaba apenas cumplidos los 18 y hasta la jubilación. Pero ni Omar ni ninguno de sus amigos —”apenas quedan cuatro o cinco con trabajo en el pueblo, los demás se han ido marchando”— seguirán el mismo camino que ha marcado a varias generaciones. Por un lado, no les ha quedado más remedio. “Ya no contábamos con ello, se hablaba tanto de que iba a cerrar”. Se refiere así a la muerte lentamente anunciada de la minería en el país ya desde mediados de los noventa, cuando empezaron a firmarse las primeras prejubilaciones. Las minas han ido cerrando una tras otra, muchas empresas están quebradas o en plenos procesos de regulación de empleo y hoy todos saben, mayores y menos mayores, que lo suyo tiene los días contados y no irá más allá de 2018, cuando está previsto el cierre definitivo. Para el carbón, al menos el nacional, parece que se acaba.

LAS MINAS HAN IDO CERRANDO UNA TRAS OTRA, MUCHAS EMPRESAS ESTÁN QUEBRADAS, HOY TODOS SABEN QUE LO SUYO TIENE LOS DÍAS CONTADOS Y NO IRÁ MÁS ALLÁ DE 2018, CUANDO ESTÁ PREVISTO EL CIERRE DEFINITIVO

José Manuel no quería para los dos suyos su misma vida en el pozo San Nicolás, situado también en el municipio de Morcín, donde picó carbón durante 23 años hasta que se prejubiló el día que cumplió los 42, en 1998. “Hice todo por quitar a mis hijos la idea de la cabeza”. Al final ha resultado que ni Sergio ni Alejandro, de 35 y 39 años, tienen nada que ver con ello. Él no es capaz de recordar hasta dónde el mérito se debe a su insistencia paterna o que cuando ambos tuvieron edad de trabajar, el carbón ya no era una opción estable ni para toda la vida. El mayor empezó de carpintero y ahora trabaja en la construcción, sin saber nunca a qué hora terminará ni si descansará el fin de semana. “Su horario es de media jornada, o sea 12 horas, como el día tiene 24…”, dice su padre con cariñosa sorna sobre las precarias condiciones de Alejandro, quien asiente con media sonrisa mientras deja caer que él no tiene ni un amigo en la mina: “La mayoría está en paro”.

Se cuentan con los dedos de una mano los jóvenes en este pueblo que ahora acceden al tajo. Y lo hacen a través de subcontratas, son trabajos temporales y con peores sueldos. Cuando se le pregunta si hubiera querido entrar en esto con buenas condiciones, como las de su padre, Alejandro arquea las cejas: “Ahora ya no puedo saberlo”.

Para muchos, esas prejubilaciones de abuelos y padres mineros son las que hoy están manteniendo a las familias en pueblos sin futuro. Sí, se ha creado una economía de pensionistas, miles de personas con la vida resuelta desde sus cuarenta y poco. “Pero, ¿qué pasa con nuestros ‘guajes’?”. Así llaman a los niños en Asturias y León. La palabra no vendría del bable, sino del inglés. Washers se llamaba antaño a los lavaderos de carbón y por extensión, a los menores que trabajaban como ayudantes mineros en las cuencas del norte. Y con el tiempo todos los niños fueron guajes.

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Central térmica de Soto de Ribera (Asturias), operada por la compañía EDP.

Variopintas y múltiples han sido las promesas de recolocar a toda esta gente en otros oficios. A la salida de Santa Eulalia de Morcín, capital del concejo, el polígono industrial de Argame es una fila de naves vacías, todas con sus carteles bien visibles firmados por el Ministerio de Industria y el nombre de los proyectos: decoración, fabricación de cubas para el transporte de hormigón, modernización de la empresa. Al final de una calle desierta donde lo más visible es la niebla, un transportista venido del País Vasco limpia con mimo el camión de comida congelada que acaba de dejar. “Esto siempre esta así de vacío”. No es solo una impresión suya. El alcalde, Jesús Álvarez, exminero, cifra el desperdicio: de los 600 empleos prometidos se ha cubierto la mitad desde que el polígono abrió en 2008.

ESAS PREJUBILACIONES DE ABUELOS Y PADRES MINEROS SON LAS QUE HOY ESTÁN MANTENIENDO A LAS FAMILIAS EN PUEBLOS SIN FUTURO. SÍ, SE HA CREADO UNA ECONOMÍA DE PENSIONISTAS, MILES DE PERSONAS CON LA VIDA RESUELTA DESDE SUS CUARENTA Y POCO. “PERO, ¿QUÉ PASA CON NUESTROS ‘GUAJES'”?

A algo más de cien kilómetros hacia el sur, a los pies del valle de Laciana, en el municipio leonés de Villablino, yace un lavadero de carbón de la empresa CMC que dejó de funcionar hace un par de años. De esta enorme chatarra industrial salían los desechos de carbón monte arriba por una pasarela, todavía en pie, que los paseaba hasta depositarlos en una escombrera en lo alto de la loma. Seguimos el recorrido de esa lombriz de metal junto a Víctor, nacido en esta tierra minera hace 53 años. Este leonés, que trabajó como ayudante de minero durante 13 años y tuvo que parar por un accidente, señala al llegar arriba un puñado de piedras bien ordenadas en un rectángulo sobre matojos. Son los restos de un castro romano en cuya rehabilitación, junto a otros cuatro emplazamientos del valle, la Junta de Castilla y León se gastó un millón de euros, sí un millón, como intento por atraer a turistas hacia la comarca una vez moribunda la actividad carbonera. Pero allí no se ve a nadie, como tampoco, una vez monte abajo, en el flamante centro de interpretación de los poblados castreños de Laciana. El edificio está cerrado.

En la mina, Víctor trabajaba agachado casi todo el tiempo y su casco solía dar con el techo. “Mucha gente piensa que ahí dentro se camina siempre de pie, pero no es así”. Cargaba tanto peso que terminó con una hernia discal que le sacó de allí. Le quedó una pensión pero buscó trabajo. “Hay que preocuparse por hacer otras cosas”. Para entonces, era 1998, ya se habían puesto en marcha cursos para mineros. Se apuntó a uno de diseño industrial Autocad, pero cuando llegó le dijeron que la formación sería de Word. “Dime tú dónde va uno con un curso de Word”. “Aquí no se ha contado la realidad. Esto se acaba y no se ha preparado”.

Tampoco deseaba Víctor que sus hijos se dedicaran a lo mismo que él, ni que su hermano, ni que su tío. “Yo no tengo sangre minera”, cuenta el exminero. Su inquietud era en concreto por su guaje Samuel, pues la hermana de este no hubiera nunca entrado a trabajar bajo tierra. “Cualquier padre con un poco de cerebro no quiere que su hijo trabaje en la mina, aunque dé dinero”. Y dio mucho. Cuando él comenzó en los años 80, “la mejor época”, su primer sueldo fue de 90.000 pesetas, y eso que no estuvo el mes completo. Hoy Samuel, de 24 años, engancha empleos temporales mientras termina su proyecto de carrera.

Estudió forestales, y le brillan los ojos cuando habla de las brigadas antiincendios, en las que ha colaborado. Ni se le pasó por la cabeza una vida como minero. “Yo prefiero los espacios abiertos, el monte. La gente de mi generación ha estudiado para dedicarse a lo que le gusta, el dinero me da igual. Si tienes que estar trabajando ocho horas cada día hasta los 65, mejor hacer lo que te gusta”. Los que fueron compañeros de su padre en el tajo querían la mina para prejubilarse jóvenes. Samuel, sin embargo, saldrá de viaje dentro de unas semanas hacia el sudeste asiático con un amigo, de mochileros. “Ahora no pienso en el futuro”.

Imagen de portada: Samuel, ingeniero forestal, y su padre Víctor, exminero jubilado por un accidente, a los pies de la mina a cielo abierto de Feixolín (Villablino, León), clausurada en 2007.

 

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