El activista ambiental que vive encerrado en casa porque no puede pagar un guardaespaldas


Esta es una versión reducida del reportaje publicado en el Nº7 de la revista BallenaBlanca. Para leerlo completo, compra tu ejemplar aquí.


Sara Acosta (@saraacostalanga) | Madrid | Ilustración: Estudio Ray Díaz

A los nuevos ricos en China les gusta mucho la madera de palisandro. Una mesa fabricada a partir de este árbol que crece en climas tropicales da estatus y hace quedar bien con los invitados. Incluso da para dedicar 15 ó 20 minutos largos antes de la cena a hablar de su exquisito color rojo y vetas negras que dan al mueble ese refinado aspecto. Lo que seguramente no saben los comensales es de dónde ha llegado, ni sobre todo, cómo. Leng Ouch sí lo sabe. Este camboyano que nació hijo de agricultores pobres cuando los Jemeres Rojos inauguraban su dictadura a mediados de los 70, ya no soportaba ver cómo se arrasaba la selva en la que creció para que especies como el palisandro terminaran de mueble en alguna casa china; o europea, hasta donde viajan importadas desde Vietnam, que a su vez las compra a Camboya. Pero el mobiliario solo era una parte de la gigantesca maquinaria ilegal levantada por el Gobierno de ese país en la década de los 2000 para repartir millones de hectáreas entre unas 300 empresas que querían suelo libre para desarrollar sus negocios: plantaciones de azúcar o de caucho, minas, centrales hidroeléctricas y, colmo de la ironía, proyectos de ‘ecoturismo’. Hoy no hace falta husmear mucho para ver tierra devastada. Camboya figura oficialmente entre los cinco países con mayor tasa de deforestación del mundo, en un país donde el 80% de la población vive en zonas rurales y depende de pequeñas explotaciones agrícolas para subsistir.

De alguna manera, Ouch siempre fue activista. Primero de su propia causa, cuando limpiaba las clases del colegio al que logró acceder en Nom Pen, la capital, a cambio de educación; una época en la que recorría las calles en busca de papel donde hacer los deberes, pues el salario de su padre no alcanzaba para llegar a final de mes. Su determinación le llevó hasta la universidad, con una beca para estudiar Derecho. Y tan pronto como obtuvo el título eligió ponerse al servicio de su gente, defenderla de los abusos del poder en varias organizaciones de derechos humanos. Cuando el Gobierno empezó a ejecutar su plan y expulsar a los indígenas del campo, no hizo falta mucho para que recordara la selva que había dado sustento a su familia y a otras muchas y entregarse a desenmascarar la deforestación organizada.

Pero necesitaba pruebas para denunciar licencias que el primer ministro daba a las compañías en secreto, en una habitación a puerta cerrada, dentro de un coche. “Nadie me iba a creer, así que tuve que sacrificarme para demostrar lo que realmente estaba ocurriendo en Camboya a todo el mundo”. Durante meses se hizo pasar por maderero, intermediario, conductor, turista y hasta cocinero, se metió en las tripas de ese monstruo ávido de madera. Durmió muchas veces en la selva para fotografiar la tala ilegal en espacios protegidos, dibujó mapas y vio cómo los conductores de los camiones que transportaban la madera sobornaban a los responsables forestales. Lo hizo todo solo, con su propio y escasísimo dinero. El resultado fue un informe que sacó a la luz en 2012, corriendo un enorme riesgo en este país considerado entre los más peligrosos del mundo para los que defienden la tierra. No en vano ese mismo año Ouch perdió a su amigo y mentor Chut Wutty, asesinado por lo molesto de sus denuncias ambientales.

“NADIE ME IBA A CREER, ASÍ QUE TUVE QUE SACRIFICARME PARA DEMOSTRAR LO QUE REALMENTE ESTABA OCURRIENDO EN CAMBOYA A TODO EL MUNDO”.

Lo que se puso en marcha a partir de ese momento era previsible, una extraña alquimia de perseguidores entre las compañías señaladas con nombres y apellidos en su documento –que actualizó y difundió de nuevo en 2013 y en 2014–, los paramilitares y los ministerios de Agricultura y Medio Ambiente, que lanzaron quejas abiertas contra él. “¿Es esta la casa del señor Leng”? Preguntaron un día a su mujer. Por fortuna estaba en la selva, de la que no volvió en mucho tiempo, el primer escondite de otros tantos que fueron sucediéndose hasta que salió del país y se refugió varios meses en Tailandia. “Me buscaron en miles de sitios, y sé que no pueden arrestarme, lo que quieren es mi vida”. Una carambola hizo que la persecución parara, llegaron las elecciones nacionales y el Gobierno del Partido Popular se ocupó más de cómo vencer a la oposición que del activista.

Él no quiere frenar, aún menos desde que en 2014 el tambor de su protesta llegó hasta los oídos de la comunidad internacional y la presión forzó al Gobierno a suspender 23 concesiones de tierra. “Me gustaría seguir con mi trabajo y parar las importaciones de madera de China y Vietnam, esa es mi misión”. Desde entonces, el destino le ha sonreído dos veces. La primera llegó en abril de 2016, al recibir el prestigioso Premio Goldman, considerado el Nobel Verde. Cuando subió al escenario en San Francisco a recoger el galardón no desperdició la ocasión para poner un altavoz a su causa: “Formo parte del movimiento que intenta resistir y proteger a mi país. Les pido ayuda para que se haga justicia y se respete la Ley. Esos bosques no son solo míos, también de ustedes, del mundo entero”, lanzó a la entregada audiencia. La segunda ocasión tuvo lugar hace varias semanas en Nom Pen, donde ha vuelto a vivir con su mujer y sus tres hijos. El 5 de junio, varios estudiantes le abordaron por la calle en el Día Mundial del Medio Ambiente con vítores de “¡bravo, bravo, eres un héroe!”.

Su pregunta ahora es si ser conocido fuera y dentro del país tendrá la fuerza suficiente para protegerle, pues su amigo Chut Wutty fue celebrado héroe ambiental antes que él hasta que lo mataron. Le respaldan sus vecinos, comenta, las manifestaciones contra la tala que van teniendo lugar, los medios de comunicación e incluso la red social Facebook. Pero por si acaso, apenas sale de casa. Cuando se le pregunta si tiene miedo su primer reflejo es mirar hacia la puerta: “No, no, está cerrado con llave y aquí paso todo el día, no tengo dinero para pagar un guardaespaldas”. Lo que más le apena de su situación es que si él muriera nadie tomaría el relevo de su batalla. “Yo tengo experiencia, conozco la selva, pero después de mí no habrá nadie para luchar”.

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